ORÍGENES, In Exodum, Hom. XII, 1 (G.C.S. VI, 263). H. DE LUBAC, La Sacra Scrittura nella tradizione, Morcelliana, Brescia 1969, pp


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Transcripción

1 PRESENTACIÓN «Que la espada del Espíritu, toda palabra de Dios, os pueble colmadamente los labios y el corazón. Y cuanto hagáis, realizadlo por la palabra del Señor» (Regla primitiva del Carmelo, n. 19) Es la Palabra de Dios la que garantiza la autenticidad de la experiencia espiritual cristiana: y el intenso retorno actual a la centralidad de la Palabra en la vivencia cristiana es una buena señal del retorno a las fuentes genuinas de la espiritualidad. En efecto, la experiencia espiritual cristiana no puede ser plenamente conforme a los datos de la revelación si no es una respuesta vivida a la Palabra de Dios revelada y escrita, si no es memoria y profecía de la Palabra. A buen seguro, la inteligencia espiritual de la Biblia no puede ser más que una «inteligencia múltiple»: de hecho, los Padres hablaban de cuatro sentidos bíblicos fundamentales, conexos y entrelazados entre sí: el sentido literal o histórico, el sentido alegórico o típico, el sentido tropológico o moral, y el sentido anagógico o escatológico. El pluralismo no deriva de la fantasía caprichosa de los lectores creyentes, sino de la insondable e inagotable riqueza de aquel que es la cima y el misterio de la historia salutis. 5

2 Ahora bien, también es doctrina de los Padres que no es posible acceder al misterio vital de la Palabra si no media la conversión: «Si al leer las Sagradas Escrituras escribió Orígenes no conseguimos comprenderlas y éstas nos siguen pareciendo oscuras e impenetrables, eso significa que todavía no nos hemos convertido al Señor» 1. Hasta tal punto que H. de Lubac recuerda que, para los Padres, «pasar a la inteligencia espiritual» de las Escrituras equivale a «convertirse a Cristo», y se trata de situaciones entre las que existe una causalidad recíproca. «La novedad de la inteligencia es correlativa a la novedad de la vida. Pasar a la inteligencia espiritual significa, por tanto, pasar al hombre nuevo, que no cesa de renovarse de claritate in claritate» 2. La unidad entre exégesis y teología, entre comentario bíblico y vida cotidiana y, por consiguiente, entre espiritualidad cristiana y escucha obediente y orante de la Palabra, ha conocido estaciones fecundas y períodos de esterilidad y de olvido. Hoy estamos viviendo una estación nueva, sorprendente. Podemos constatar que la acogida de la Palabra y su traducción en la práctica se convierten en el momento genético de la comunidad eclesial, y figuran asimismo en el centro de su crecimiento en la comunión y en la esperanza, de su servicio de discernimiento y de profecía en la historia. Se vuelve cada vez más evidente que la Palabra no soporta ser un objeto entre otros objetos, la razón de ello es que no es posible intercambiar a Cristo el verdadero centro secreto de la Palabra por ningún otro. Y el Espíritu, que fermenta la comunidad para que viva en novedad generosa y tienda a la verdad comple- 1 ORÍGENES, In Exodum, Hom. XII, 1 (G.C.S. VI, 263). 2 H. DE LUBAC, La Sacra Scrittura nella tradizione, Morcelliana, Brescia 1969, pp

3 ta (Jn 16,13), no conduce a ningún otro más que al Cristo vivo, Palabra hecha carne para la salvación del mundo. Éste es el contexto espiritual y eclesial en que se mueve la escena de la retama rotem en hebreo (sólo se usa tres veces en la Biblia) bajo la que se sentó, decepcionado y abatido, el profeta Elías (1 Re 19,4-8). En los desiertos de la vida hay lugares y momentos de pausa y de reanudación, semejantes al que vivió el profeta en el desierto del Negueb. Ahora bien, precisamente allí le visita aún la Palabra; lo hace a través de la invitación del ángel a comer y reemprender el camino, a fin de alcanzar la cumbre de la montaña, el Horeb. La retama también es figura de la cruz y del que en ella fue colgado, el Cordero, cifra única y definitiva que interpreta la historia. La palabra y el pan le dan a Elías la fuerza y la confianza necesarias para llegar ante Dios, para estar en su presencia, una presencia que se revela en la misteriosa voz de «un ligero susurro» (1 Re 19,12). En esta misma perspectiva se sitúan otras muchas experiencias de «escucha orante de la Palabra»: son experiencias que han madurado en medio de la comunidad, no en la soledad personal de quienes las han vivido. Precisamente por eso tienen una estructura que reclama y requiere la implicación de la comunidad que escucha, discípulo y testigo de la Palabra. Este libro de Carlos Mesters, exégeta holandés-brasileño comprometido desde hace muchos años en la pastoral bíblica popular en Brasil y en toda América Latina, a través de sus ocho capítulos, pretende introducir al lector en la lectura orante de la Palabra. En él muestra cómo esta «fuente pura y perenne de vida espiritual» (Dei Verbum, 21) esta dando de beber ahora con sus aguas puras y fecundas a comunidades y pueblos enteros. Precisamente fue Mesters el primero que usó la expresión «lectura orante de la Palabra», como 7

4 adaptación más comprensible para nuestra mentalidad de lo que pretendía decir la expresión clásica de lectio divina. Este gran maestro de la lectura bíblica popular, con un lenguaje eficaz y directo, aunque también substancioso, nos ayuda a ver la constelación de implicaciones de la nueva experiencia. Se trata de la lectura del pueblo llano y marginado, pero también de un arte que ejercitó el mismo Jesús, y que atraviesa la historia del monacato y de la vida religiosa. Pero también es doctrina consolidada del magisterio eclesial, que, en estos últimos decenios, ha insistido en particular precisamente en la práctica personal, comunitaria y pastoral de la lectio divina (cf. Vita consecrata, 94; Novo millennio ineunte, 39). También es interesante el análisis que hace Mesters del vínculo entre la escucha orante de la Palabra y el proyecto carismático de la Regla del Carmelo. No se trata de un simple homenaje a su carisma y al contexto carmelita en el que nacen las propuestas de este libro, sino también de la revelación de una sintonía evidente y espontánea, objetiva, entre el proyecto de la Regla y la escucha de la Palabra. Además, todo carisma auténtico encuentra precisamente en esta consonancia con la Palabra su sentido y su función: llegar a ser memoria viva de la sabiduría evangélica, testigos y discípulos de la Palabra hecha carne y sabiduría de vida eterna, siguiendo el itinerario de un determinado carisma. Ojalá este libro pueda contribuir en la Iglesia con una fidelidad dinámica y creativa al carisma del Carmelo a una escucha de la Palabra que, mientras inspira e ilumina la vida, nos llame a todos nosotros a la adhesión a Cristo, a una verdadera «obediencia» (la famosa hypakoé de los Padres) de todo el ser a su Palabra y al misterio de la salvación que se nos ha comunicado y dado en ella y a través de ella. El autor, con 8

5 modestia, pero con seriedad, desearía contribuir a poner en práctica lo que decían los obispos italianos: «La práctica de la lectio divina, entendida como celebración continua e íntima de la Alianza con el Señor mediante una escucha orante de las Sagradas Escrituras, [es] capaz de transformar nuestros corazones y de iniciarnos a cada uno de nosotros en el arte de la oración y de la comunión» 3. Fiesta de la presentación del Señor, BRUNO SECONDIN, O. Carm. 3 CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA, Comunicare il vangelo in un mundo che cambia, Roma 2001, n

6 INTRODUCCIÓN La lectio divina es la lectura confiada y orante de la Palabra de Dios. En los orígenes, ésta no era otra cosa sino la lectura de la Biblia realizada por los cristianos a fin de animar su fe, su esperanza y su amor. Es antigua como la Iglesia misma, que vive de la Palabra de Dios y depende de ella como el agua de la fuente (cf. Dei Verbum, 7, 10, 21). Al principio, no se trataba de una lectura organizada y metódica, sino que representaba algo así como una especie de «tematización» de la misma vida cristiana, que se transmitía de generación en generación. Muchos prefieren conservar la antigua expresión latina lectio divina, que se remota a san Ambrosio de Milán. En este libro preferimos emplear con mayor frecuencia la expresión lectura orante. Esta referencia al aspecto orante se remonta asimismo al subtítulo que lleva la obra: Introducción a la lectura orante de la Palabra. Así es como mejor se puede expresar y traducir el sentido y el objetivo de la lectura de la Palabra de Dios. La lectura orante nace de la certeza de fe de que la Palabra no está lejos de nosotros, sino al alcance de todos. «Pues la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas» (Dt 30,14). El objetivo de la lectura orante es el mismo objetivo de la Biblia: «las Sagradas Escrituras, [...] te guiarán a la salvación por medio de la fe en Jesucristo. Toda Escritura 11

7 ha sido inspirada por Dios, y es útil para enseñar, para persuadir, para reprender, para educar en la rectitud, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para hacer el bien» (2 Tm 3,15-17). Pero la lectura orante también tiene como objetivo ofrecer perseverancia, consolación, esperanza (cf. Rom 15,4); ayudarnos a aprender de los errores de nuestros predecesores (cf. 1 Cor 10,6-10). Espera obtener lo que Jesús nos ha prometido: «el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recordéis lo que yo os he enseñado y os lo explicará todo. [...] os iluminará para que podáis entender la verdad completa» (Jn 14,26; 16,13). 1. Un poco de historia La expresión lectio divina es la traducción de la fórmula theía anágnôsis de Orígenes ( 254). Éste afirmaba que para leer la Biblia con provecho es necesario realizar un esfuerzo de atención y de asiduidad: «Debemos volver cada día de nuevo, como Rebeca, a la fuente de la Escritura». Y lo que no obtengamos con nuestro propio esfuerzo debemos pedirlo en la oración, «puesto que es absolutamente necesario orar para poder comprender las realidades divinas [...]. De este modo, llegaremos a experimentar lo que esperamos y meditamos». En estas reflexiones de Orígenes tenemos una síntesis de lo que representa la lectura orante de la Biblia. La lectura orante se ha convertido en la espina dorsal de la vida religiosa y se está convirtiendo en lo mismo para toda la vida cristiana. En torno a la Palabra de Dios escuchada, meditada y orada surgió y se organizó el monacato en el desierto. Las sucesivas reformas y transformaciones de la vida religiosa han retomado siempre la lectura orante como su marca distintiva. Las Reglas de Pacomio, Agustín, Basilio y Benito han 12

8 señalado en la lectura de la Biblia, en el trabajo manual y en la liturgia, la triple base de la vida religiosa 1. La sistematización de la lectura orante en cuatro grados, tal como la conocemos hoy, no apareció hasta el siglo XII. En torno al año 1150, Guigo, un monje cartujo, escribió un librito llamado La escala de los monjes (Scala claustralium) 2. En la introducción, antes de exponer la teoría de los cuatro grados, se dirige al «querido hermano Gervasio» y dice: «me he propuesto transmitirte algunas cosas que se me han ido ocurriendo sobre los ejercicios de la vida espiritual de los monjes, para que tú, que las has aprendido por la experiencia mejor que yo por la reflexión, seas el juez y corrector de mis pensamientos». Guigo quiere que la teoría de la lectura orante sea valorada y corregida a partir de la experiencia y de la práctica de los hermanos. De inmediato introduce los cuatro grados: lectura, meditación, oración y contemplación. Al describirlos, Guigo sintetiza una tradición ya consolidada y la transforma en instrumento didáctico para los jóvenes que tuvieran la intención de emprender la vida monástica. En el siglo XIII, los mendicantes crearon un nuevo tipo de vida religiosa, más ligada a la de los minores (los pobres). Ellos hicieron de la lectura orante de la Biblia la fuente de inspiración de su movimiento renovador. La vida y los escritos de los primeros franciscanos, dominicos, carmelitas, agustinos, servitas no dejan du- 1 Cf. AA.VV., La lectio divina nella vita religiosa, Qiqajon, Bose Su texto, traducido al castellano, puede verse en G. ZEVINI, La lectio divina en la comunidad cristiana, Verbo Divino, Estella 2005, pp Para conocer las otras obras de Guigo II el Cartujo, puede verse la edición catalana de J. FÀBREGAS, Textes cartoixans primitius, Proa, Barcelona 1995; así como la edición italiana preparada por E. ARBORIO MELLA, Tornerò al mio cuore, Qiqajon, Bose

9 das en este punto. Como veremos en la Regla de san Alberto de los carmelitas, éstos, fieles a esta larga tradición, buscaron ya desde el principio alimentar su vida por medio de la lectura y la meditación asidua de la Palabra de Dios. Vino, a continuación, especialmente a partir del final de la Edad Media, un prolongado período durante el que la lectura orante se diría que se enfrió. No se promovía la lectura de la Biblia, ni siquiera en la vida religiosa 3. Santa Teresa del Niño Jesús, por ejemplo, no tenía acceso al texto integral del Antiguo Testamento. Se insistía, en cambio, en la lectura espiritual, que consistía en leer la vida de algún santo, documentos del magisterio y, en los últimos siglos, hasta artículos de revistas o periódicos sobre temas religiosos. Tras el concilio de Trento, también por miedo al contagio con la mentalidad de los protestantes, que proclamaban la autoridad de la sola Scriptura, aumentó la distancia que separaba a los católicos de la Biblia. Se prohibió traducir el texto para el pueblo, se prohibía especialmente a las mujeres comentarlo. Hasta se hicieron hogueras con la ediciones de la Biblia en lengua vulgar! Todo esto hizo perder el contacto con la fuente. Todo el siglo XX fue una centuria de recuperación del contacto por parte católica con la Sagrada Escritura: con ello se volvió a descubrir también la expresión lectio divina, que ahora sólo permanecía en la memoria de los eruditos. El concilio Vaticano II aprobó con toda su autoridad esta recuperación de la tradición antigua. En su documento sobre la Sagrada Escritura la constitución dogmática sobre la divina revelación Dei Verbum, recomienda con gran insistencia la familiaridad con la Palabra para la vida espiritual, la predi- 3 Véase, por ejemplo, la historia en los artículos Lectio divina et Lecture spirituelle, en Dictionnaire de Spiritualité, 9, Beauchesne, París 1976, pp

10 cación, la liturgia (cap. VI). De aquí renació la gran corriente de la lectio divina, o como la llamamos nosotros ahora lectura orante. La lectio divina ha reaparecido de un modo nuevo, «sin etiquetas» y sin definición, particularmente en la lectura de la Biblia realizada por los pobres de las pequeñas comunidades cristianas, y no sólo en los centros monásticos y de espiritualidad. Gracias a Dios, vuelve a ser cultivada y estudiada, cada vez con mayor insistencia, también entre los religiosos. Sería muy bello que nosotros, los religiosos, tuviéramos la humildad de Guigo y nos dirigiéramos al pueblo de las comunidades diciendo: «me he propuesto transmitirte algunas cosas que se me han ido ocurriendo sobre los ejercicios de la vida espiritual de los monjes, para que tú, que las has aprendido por la experiencia mejor que yo por la reflexión, seas el juez y corrector de mis pensamientos». 2. Un desafío para todos los creyentes Hoy los religiosos y religiosas, aunque también los cristianos y cristianas, nos encontramos ante un desafío. Estoy pensando, sobre todo, aquí, en América Latina, donde trabajo y vivo. Pero estoy convencido de que vale, ciertamente, para todos los lugares y situaciones. La vida de santidad y de oración no se puede llevar a cabo en plenitud si no sentimos la necesidad de la lectura orante de la Biblia: «No cabe duda de que esta primacía de la santidad y de la oración sólo se puede concebir a partir de una renovada escucha de la Palabra de Dios», escribía el Papa al final del Jubileo 4. Además de ser una exigencia intrínseca a nuestra misma vocación, también el pueblo nos pide que le 4 JUAN PABLO II, Novo millennio ineunte,

11 orientemos en la lectura de la Biblia. Reclama alimento sólido para su vida espiritual, para continuar en el empeño de alcanzar una vida vivida cristianamente. «Conviene incluso escribió también el papa Juan Pablo II que se proponga esta práctica también a los otros miembros del Pueblo de Dios, sacerdotes y laicos, promoviendo del modo más acorde al propio carisma escuelas de oración, de espiritualidad y de lectura orante de la Escritura» 5. Sin embargo, muchas veces no sabemos qué responder a las preguntas del pueblo. No estamos habituados a practicar una lectura cotidiana de la Biblia. No sabemos bien cómo llevar a cabo la lectura orante. Las dificultades son innumerables. Las necesidades pastorales nos llevan a leer la Biblia más para los otros que para nosotros mismos. Por falta de tiempo no conseguimos detenernos, de suerte que la Palabra de Dios pueda penetrar en nuestra vida. Con frecuencia, nuestra lectura es más estudio y discusión que meditación y oración. La secularización hace, ciertamente, que nos preguntemos: «Por qué la Biblia? Hay otros libros que son mejores y nos ayudan mucho más». Un cierto racionalismo y algunos restos de fundamentalismos nos incomodan con preguntas de este tipo: «Habrá sucedido de verdad? Cómo pudo permitir Dios eso?». Todo esto hace más difícil una tranquila aplicación de la Palabra de Dios. Aprender de nuevo la lectura orante es una tarea urgente para que podamos ser fieles a lo que Dios y el pueblo nos piden hoy. Es como renovar las venas a través de las cuales circula la sangre que nos mantiene en vida. Este libro quiere ser una ayuda para los religiosos y para los cristianos comprometidos. Con todo, no pretende sustituir el esfuerzo personal, sino alentar a explorar un mundo rico de vida y de sabiduría. 5 IDEM, Vita consecrata,

12 3. Orientaciones para leer el libro Para comprender lo que hoy nos pide la Iglesia, de muchas maneras y en muchas ocasiones, y nos enseña sobre la lectura orante, no basta con re-aprender el ejercicio de los cuatro grados tradicionales (lectio, meditatio, oratio, contemplatio), por muy importante que esto sea. La lectura orante es mucho más que una técnica de lectura. Es una actitud existencial. Es un modo de mirar hacia la Biblia, de situarse en la tradición y de vivir como «memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos» 6. La lectura orante de la Biblia sólo produce frutos en la vida cuando ésta se encuentra integrada en el conjunto más amplio de la realidad, de la historia, de la tradición, de la Iglesia. El objetivo de este libro es situar la lectura orante en el interior de la gran tradición, a fin de que se manifieste toda su riqueza e importancia para nuestra vida. Llamaremos a distintas puertas, allí donde tengamos la certeza de encontrar una palabra segura que pueda orientarnos en la lectura fiel de la Palabra de Dios. Empezaremos interrogando a la tradición viva del pueblo de Dios, que se manifiesta hoy sobre todo en medio de los pobres. «Escuchar lo que el Espíritu dice a las Iglesias». Queremos descubrir lo que los pobres tienen que decirnos sobre la lectura de la Palabra de Dios. A continuación, veremos cómo la Biblia lee la Biblia. La Biblia misma nació de un proceso constante de lectura y de relectura. Veremos los principios que orientaban esa relectura y la actitud interpretativa que había en su origen. Esto podrá servir de orientación a nuestra lectura orante, puesto que nadie mejor que la Biblia misma puede enseñarnos cómo debe ser leída y asimilada ella misma. 6 Ibíd.,

13 Leeremos los evangelios para saber cómo leía Jesús la Palabra de Dios, cómo buscaba en ella la luz y la fuerza para su misión, y cómo «desvelaba» el sentido de las Escrituras a sus discípulos. Veremos el ambiente de oración en que vivió. Analizaremos nuestro pasado como religiosos y religiosas. La lectura orante fue la espina dorsal de la vida religiosa, desde sus orígenes. Analizaremos de cerca y ampliamente los cuatro grados, tal como fueron elaborados por el monje cartujo Guigo II en el siglo XII: lectura, meditación, oración y contemplación. Preguntaremos a la Iglesia y al magisterio cómo debe ser leída la Biblia, qué enseñanza tienen para ofrecernos ella y su tradición secular, a fin de que podamos orientarnos. Dado que el autor de este texto es fraile carmelita, y dado que tiene la intención de conservar la inspiración de este carisma también en la modalidad de la escucha orante de la Palabra, es lógico que analice también la Regla del Carmelo. Ella es la fuente común de nuestra tradición y de nuestra espiritualidad, para saber cómo y qué nos enseña sobre la lectura orante. En efecto, este acercamiento nos revelará riquezas sorprendentes, tal vez no bien reconocidas hasta hoy. Y puede servir asimismo de inspiración para otras familias religiosas. Desde este largo camino, a través de la tradición de ayer y de hoy, volveremos a casa y veremos cómo nosotros, creyentes y discípulos del Señor, y en fidelidad a esta tradición, debemos leer la Biblia, qué método debemos seguir y qué conclusiones podemos extraer para nuestra vida. Algunos esquemas prácticos de lectura orante, realizada en diferentes contextos y en circunstancias diferentes, nos ayudarán a comprender cómo se puede llevar a cabo este encuentro fecundo, orante y estimulante con la Sagrada Escritura. Con su variedad de esquemas y de lenguaje, nos muestran que la fidelidad y la creatividad deben ir juntas. 18